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Aborto, un asunto gris
La politización de cualquier asunto tendente a la radicalización nos aleja de la objetividad con la que tendríamos que afrontar un tema tan complejo como el aborto. En un mundo alienado en el que cada vez es más difícil hallar una idea propia es relativamente sencillo encasillar a los que se muestran en contra del aborto como “fachas” y por el contrario, a los que lo defienden como “rojos”. Como ya adelantó Aristóteles, la virtud consiste en saber dar con el término medio entre dos extremos, lo que no significa que si al año se producen 1.000 abortos la virtud se encontraría en 500. No es un asunto cuantitativo sino cualitativo, y como diría un gallego: “depende”. La tragedia que supone para una madre el mero hecho de plantearse seriamente y de forma razonada una decisión que atenta contra su propio instinto natural nos debería hacer reflexionar sobremanera antes de emitir cualquier juicio de valor a la ligera. No siempre vale con defender ideas claras, pero que no por ello dejan de ser simples, del tipo de: ”no, bajo ningún concepto” o “sí, nosotras parimos nosotras decidimos”. Al igual que cada persona es un mundo, cada caso es diferente y solo aquellos que ante un hipotético juicio serían descartados como parte interesada son los que pueden llegar a entender lo que implica tomar o no la decisión acertada. Tampoco se trata de un asunto de creencias ya que ninguna religión se debe atribuir en exclusiva la defensa de la vida, aunque tampoco hay que alarmarse ni sentirse agredido porque adoctrinen sobre una postura determinada cuyo cumplimiento únicamente obliga a sus fieles. No existen soluciones milagrosas ni pócimas mágicas, tan sólo el sentido común que debería alejarnos del radicalismo y la sinrazón antes de emitir un juicio, sobre todo cuando nos posicionamos desde la certeza de que nunca nos veremos en la disyuntiva de tener que elegir. El espectro luminoso con el que queramos ver el negro o el blanco depende en gran medida tanto del prisma como de los ojos del observador, existiendo una escala infinita de grises.
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Racismo selectivo
Ya somos más de 3,3 millones de parados en España -que no de españoles- y son muchas las voces que reclaman la impermeabilización total de las fronteras para evitar la llegada de nuevos inmigrantes que puedan cubrir puestos de trabajo que no hace mucho no estábamos dispuestos a desempeñar por considerar que no estaban acordes a nuestra cualificación o que el salario no cubría nuestras expectativas. Ahora, ante la imposibilidad de hacer frente a la letra del piso o el alquiler, la cuota del coche o simplemente la factura de la luz, encontramos esas mismas ofertas de trabajo interesante y nos quejamos de que estén ocupadas por extranjeros. De cumplirse las pésimas previsiones de destrucción de empleo que se auguran, no tardaremos en dar un paso más y exigir al Gobierno que no renueve los permisos de trabajo y que garantice mediadas de expulsión efectivas. “Primero nosotros y luego ellos” y cuando la cosa mejore pueden volver, que les recibiremos como al hijo pródigo… hasta la próxima crisis. Y si Zapatero no sabe cómo hacerlo, que le pida consejo a Berlusconi, que para algo estamos en Europa.